Aprendí a ser feliz con cosas pequeñas. Podía permanecer en silencio estando acompañada de alguien que me quería y eso era suficiente. Miraba a mis padres besarse y reír con sus amigos en una fiesta en la casa y sonreía. Juntaba mi cama a la de mi hermana por las noches y me sentía segura. Al despertar, cada mañana, el sol entraba por la ventana y me daba en el rostro; sabía que podía comenzar de nuevo. No quería pensar en los años que vendrían; sólo deseaba disfrutar la sensación de un instante.
Al llegar corriendo a su habitación y no encontrarlo, conocí el sentimiento del vacío. Extrañar la presencia del ser querido fue mi primera tristeza. Conocí que todos teníamos un tiempo de una manera extraña. Todo tenía un fin y podía quedarme como él, con los ojos cerrados, y todos mirándome a través de un cristal. Sé que en ese instante mi primer miedo real nació.
Todo en la vida se da en forma inesperada. No somos precisamente como nos veíamos de niños. Después de muchos años y camino recorrido, vuelvo a sentir la sensación de confianza y seguridad. Es como si el vacío de un afecto perdido volviera en otro ser que me llena de esperanza que había perdido.
Es la primera vez que quiero que sea mañana, y el día después de mañana, y el siguiente. Quiero que estos sueños nuevos sean realidad.
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